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Artículo publicado por Chris Patrick el 2 de febrero de 2016 en Symmetry Magazine

La radiación está en todas partes. La pregunta es: ¿Cuánta?

Un núcleo atómico excesivamente rollizo no podría mantenerse unido. Cuando un átomo tiene demasiados protones o neutrones, se vuelve inherentemente inestable. Aunque podría mantenerse unido por un tiempo, finalmente no podría aguantar más y se desintegraría espontáneamente, emitiendo energía en forma de ondas o partículas.

El resultado final es un núcleo más pequeño, pero más estable. Las ondas y partículas emitidas se conocen como radiación, y el proceso de desintegración nuclear que la produce se conoce como radiactividad.

Una vida radiactiva

Una vida radiactiva Crédito: Sandbox Studio, Ana Kova

La radiación es parte de la vida. Existen elementos radiactivos en la mayor parte de los materiales que encontramos en nuestra vida cotidiana, que constantemente nos salpican con radiación. Para el norteamericano medio, esto suma una dosis de aproximadamente 620 milirem de radiación cada año. Esto es aproximadamente equivalente a 10 radiografías abdominales.

Los científicos usan la unidad milirem para expresar cuanta dosis de radiación daña a un cuerpo humano. Una persona recibe 1 milirem durante un vuelo de una costa a otra de los Estados Unidos.

Pero, ¿de dónde procede exactamente nuestra dosis anual de radiación? Mirando a las fuentes, podemos dividir la dosificación en dos partes casi iguales: aproximadamente la mitad procede de una radiación natural de fondo, y la otra mitad de fuentes fabricadas por los humanos.

La radiación natural de fondo se origina en el espacio exterior, la atmósfera, y nuestros propios cuerpos. Hay radón en el aire que respiramos, radio en el agua que bebemos, y distintos elementos radiactivos en nuestra comida. Algunos de ellos pasan a través de nuestros cuerpos sin mayor consecuencia, pero algunos se incorporan a nuestras moléculas. Cuando los núcleos se desintegran, finalmente, nuestros propios cuerpos se ven expuestos a minúsculas dosis de radiación.

“Estamos expuestos a una radiación de fondo, nos guste o no”, explica Sayed Rokni, funcionario de seguridad en radiación y director del departamento de seguridad en radiación en el SLAC National Accelerator Laboratory. “Existe, no importa lo que hagamos. No lo aconsejaría, pero podemos elegir que no nos hagan rayos-X en el dentista. Lo que no podemos elegir es no vernos expuestos a la radiación terrestre — una radiación que está en la corteza de la Tierra, o a la radiación cósmica”.

Sin embargo, no hay razón para entrar en pánico.

“La especie humana, y todo lo que nos rodea, ha evolucionado a lo largo del tiempo recibiendo radiación procedente de las fuentes naturales. Nos ha dado forma. Está claro que existe un nivel aceptable de radiación”, comenta Rokni.

Cualquier radiación no considerada de fondo procede de fuentes artificiales, principalmente de procedimientos médicos de diagnóstico o terapéuticos. A principios de la década de 1980, los procedimientos médicos suponían un 15 por ciento de la exposición radiactiva anual de un estadounidense — actualmente suponen el 48 por ciento.

“La cantidad de radiación natural de fondo ha permanecido igual”, señala Don Cossairt, gestor de protección contra la radiación en Fermilab. “Pero la radiación procedente de los procedimiento médicos ha aumentado enormemente, quizá asociada con la drástica mejora en el tratamiento de muchas enfermedades y males”.

El aumento en el uso de la imagen médica ha elevado la exposición anual estadounidense de los 360 milirems de 1980 a los 620 milirems. La media anual actual no se considera peligrosa para la salud por parte de ninguna autoridad regulatoria.

Aunque los procedimientos médicos suponen la mayor parte de la radiación artificial que recibimos, aproximadamente el 2 por ciento de la dosis anual procede de la radiación emitida por productos de consumo. La mayor parte está probablemente en tu hogar ahora mismo. Con un simple examen de la cocina media, se puede hallar una cornucopia de utensilios que emiten una radiación suficiente para detectarse con un contador Geiger, tanto en productos de consumo sintéticos como en alimentos naturales.

¿Tienes nueces de Brasil en tu despensa? Es el alimento más radiactivo que existe. Las raíces del árbol de la nuez de Brasil penetran a tal profundidad en el suelo, donde hay más radio, que absorben más de este elemento radiactivo, y lo pasan a las nueces. Las nueces de Brasil también contienen potasio, junto al que se da el potasio-40, un isótopo radiactivo natural.

El potasio-40 es el elemento radiactivo más predominante en la comida que ingerimos. Los plátanos, repletos de potasio, son famosos por su radiactividad, hasta tal punto que el plátano se usa como una medida informal de radiación. Es conocida como la Dosis Equivalente a un Plátano (BED). Una BED es igual a 0,01 milirem. Una radiografía común del pecho está aproximadamente entre los 200 y 1000 BED. Una dosis letal de radiación está en los 50 millones de BED de una sola vez.

Otros alimentos que contienen algo de potasio-40 y emiten radiación son las zanahorias, patatas, lima, alubias y carne roja. Sólo en la comida y el agua, una persona promedio recibe una dosis anual interna de unos 30 milirem. ¡Eso son 300 plátanos!

Incluso el plato en el que estás comiendo puede estar dándote una ligera dosis de radiación. El recubrimiento de alguna vieja cerámica contiene uranio, torio o nuestro viejo amigo el potasio-40, para darle un color concreto, especialmente la cerámica rojiza-anaranjada de antes de 1960. Del mismo modo, algunos vidrios antiguos de color amarillo y verde contienen uranio como colorante. Aunque esta vajilla podría hacer que se activase un contador Geiger, sigue siendo segura.

Tu detector de humo, que normalmente cuelga en silencio del techo hasta que se agota su pila, también es radiactivo. Así es como puede salvarte de morir calcinado: una pequeña cantidad de americio-241 en el dispositivo le permite detectar si hay humo en el aire.

“No es peligroso a menos que lo saques, lo lleves al garaje, y lo destroces con un martillo para liberar la radiactividad”, explica Cossairt. La asociación nuclear mundial señala que el dióxido de americio que se encuentra en los detectores de humo es insoluble y que, “pasaría a través del tracto digestivo sin dejar una dosis significativa de radiación”.

Las encimeras de granito también contienen uranio y torio, que se desintegran en gas radón. La mayor parte del gas queda atrapado en la encimera, pero parte puede liberarse, y añade una pequeña cantidad al nivel de radón en el hogar — que principalmente procede del suelo sobre el que se asienta la estructura.

El granito no sólo emite radiación dentro del hogar. Las personas que viven en áreas donde hay más rocas de granito, reciben una dosis extra de radiación cada año.

La exposición anual a la radiación varía significativamente dependiendo de dónde vives. Aquellos que viven a mayor altitud reciben una mayor dosis anual de radiación procedente del espacio.

Pero no te preocupes si vives en un lugar a gran altitud y con gran cantidad de granito, como Denver, en Colorado. “Nunca se han correlacionado efectos en la salud con una exposición a la radiación de personas que viven a gran altitud”, señala Cossairt. De forma similar, no se han apuntado correlaciones entre la salud y una mayor dosis de radiación procedente del granito ambiental.

No importa si vives a gran altitud o al nivel del mar, en las Montañas Rocosas o en la Costa Este de Maryland — la radiación está en todas partes. Pero la dosis anual procedente de la radiación natural de fondo y las fuentes artificiales no es suficiente como para preocuparnos. Así que disfruta de tu plátano, y no te prives de otro puñado de nueces de Brasil.

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