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Artículo publicado por Kathryn Harkup el 25 de enero de 2016 en Cosmos Magazine

Agatha Christie tuvo formación como ayudante de boticario y sabía cómo preparar pociones letales. Kathryn Harkup examina la química en las novelas policíacas de Christie.

Una pequeña anciana hace punto mientras habla sobre los peligros de la prescripción de medicamentos. El algún lugar, un libro está descuidadamente abierto por la página que describe la extracción de la ricina. En otra casa, se hallan unos pequeños cristales incoloros dispersos sobre un bandeja de té – tienen aspecto de azúcar, pero podrían ser cualquier cosa.

Agatha Christie 15-09-08

Agatha Christie en 1946

Oculto a los ojos inquisidores, hierve un matraz de insecticida y una cantidad letal de nicotina cae lentamente desde un condensador. En un laboratorio, un químico revisa sus pertenencias y se pregunta si esa botella de extracto de cicuta estaba lleno ayer. Y en una casa de campo inglesa, un pequeño hombre con con un magnífico bigote drena cuidadosamente el contenido de una taza de café en un tubo de ensayo. Sólo podemos estar en el mundo de Agatha Christie.

Tiene millones de aficionados, y yo me encuentro entre ellos. En mi adolescencia leía sus novelas y amaba la puntillosa forma de ser de Hércules Poirot, así como el sutil humor y los brillantes misterios que proponía Christie. Ahora, leyendo a Christie en mi edad adulta, con un doctorado en química, es su uso de los venenos lo que me fascina.

¿Cuál es tu veneno?

Christie no es la única entre los escritores de novela negra en usar venenos en sus textos, pero lo que la hace destacar entre el resto es lo a menudo que los usa, y su precisión, así como el extraordinario rango de compuestos que emplean sus villanos.

El conocimiento de Christie de la química y los venenos dio comienzo cuando empezó a trabajar como voluntaria en el hospital de Torquay, en Inglaterra, durante la Primera Guerra Mundial. Tuvo formación como ayudante de boticario en el dispensario del hospital, lo que implicó un aprendizaje de los aspectos teóricos y prácticos de la química. Una vez capacitada, realizaba prescripciones, un trabajo extremadamente cualificado en una época en la que píldoras, lociones y tónicos debían crearse manualmente.

Cuando Christie inició su formación, el sistema métrico de medida estaba empezando a imponerse al sistema imperial de granos y dracmas líquidos. Este cambio llevaba ocasionalmente a errores en los cálculos y, potencialmente, se dispensaban cantidades peligrosas de medicamentos, como Christie sabía por experiencia personal. Su carrera como escritora también abarcó una época de enormes cambios en los medicamentos disponibles para la medicina. A principios del siglo XX, compuestos tales como la estricnina y el arsénico caían fuera del uso médico, y la prescripción de barbitúricos aumentaba regularmente, tanto en número como en variedad, conforme avanzaba en siglo.

Christie tuvo por primera vez la idea de escribir novelas de detectives cuando trabajaba como dispensadora. Estaba rodeada por botellas de veneno, por lo que no es una gran sorpresa que eligiese a estos como su método para asesinar. Su primera novela, The Mysterious Affair at Styles (El misterioso caso de Styles), no usa uno, sino un conjunto de tres compuestos y conocimientos sobre química para despachar a su víctima.

La química del crimen

A primera hora de la mañana, la Sra. Inglethorp fue hallada en su cama entre agonizantes convulsiones. Incluso el algo obtuso Capitán Hastings reconoció el dramático arqueo de la espalda, dejando sólo la cabeza y los pies sobre la cama, una señal de que se le había administrado estricnina.

La estricnina es un alcaloide de un sabor extremadamente amargo que se encuentra en las semillas del arbusto Strychnos nux-vomica. El compuesto interfiere en la función nerviosa bloqueando los receptores de glicina de las neuronas motoras. La glicina se usa para moderar la actividad del neutransmisor acetilcolina. Cuando la glicina se une a su receptor desactiva el nervio, mientras que la acetilcolina activa la misma célula. La estricnina interrumpe el efecto de la glicina y el resultado es que la acetilcolina tiene un efecto más pronunciado sobre la célula nerviosa.

La estricnina se usaba entonces en bajas dosis en tónicos, que se pensaba que eran beneficiosos para la estimulación nerviosa. Además, el sabor amargo se pensaba que tenía el beneficio de aumentar el apetito. Ninguna de tales afirmaciones es cierta, y la estricnina finalmente se eliminó de la farmacopea.

Aparte de sus nulos beneficios para el organismo, el problema real de la estricnina es la línea relativamente estrecha entre la dosis supuestamente terapéutica y la dosis letal. Apenas 100 miligramos son suficientes para copar los receptores de glicina y descontrolar por completo el sistema nervioso. Los síntomas empiezan aproximadamente a los 15 minutos tras la ingesta con sacudidas, pero progresan a horribles convulsiones de todo el cuerpo conforme en sistema nervioso se dirige a la catástrofe. La muerte llega finalmente cuando los músculos que usamos para respirar quedan paralizados. El potencial letal de la estricnina también llevó a su uso como pesticida, aunque actualmente está prohibido en Europa debido a que provoca un sufrimiento innecesario a sus víctimas, como los topos.

En la mansión Styles había una gran cantidad de estricnina disponible para cualquier posible envenenador – paquetes y botellas de estricnina en forma de pesticidas y tónicos. Y, por si eso no fuese suficiente, un miembro de la mansión trabajaba en el dispensario del hospital con acceso a gran cantidad de estricnina de uso medicinal. El misterio es qué fuente usó el asesino y cómo administró la medicación a la Sra. Inglethorp.

Por suerte, un legendario detective belga está a mano para navegar a través de todas las pistas falsas y llegar a la verdad. Poirot deduce que la estricnina que mató a la Sra. Inglethorp procedía de su propio tónico. Esta prescripción contenía una dosis letal de sulfato de estricnina – pero estaba muy diluido y se tomaba en dosis de una cucharada cada vez. No hubo un error de cálculo en la prescripción y, a menos que la señora se tragase toda la botella de una vez, no hubiese resultado dañada. Sin embargo, el asesino tenía un segundo compuesto en el tónico, polvos de bromuro (comúnmente prescritos como sedante a principios del siglo XX). Los iones de bromuro desplazan a los iones contrarios de sulfato, provocando que se forme el compuesto insoluble bromuro de estricnina. Por tanto, cuando toma la dosis de la botella, la Sra. Inglethorp se traga casi toda la estricnina.

El tercer compuesto en la ecuación de Christie es la morfina, o un narcótico similar. Ésta se añadió al cacao nocturno de la Sra. Inglethorp para retrasar la acción de la estricnina y desviar la atención del tónico. La morfina, y otros opiáceos, ralentizan los músculos que mueven la comida a través de los intestinos, y pueden retrasar el vaciado del estómago durante varias horas. Las sales de estricnina no pueden absorberse en el cuerpo en el entorno ácido del estómago, pero son fácilmente absorbibles en las condiciones ligeramente alcalinas del intestino delgado.

La precisión en el método elegido por Christie está fuera de toda duda. Se cita un caso real casi idéntico de envenenamiento por estricnina en The Art of Dispensing, un libro que Christie habría estudiado para sus exámenes como ayudante de boticario. Una revisión de The Mysterious Affair at Styles por parte de la revista Pharmaceutical Journal, una que Christie valoraba por encima de todas, afirma que “esta novela tiene el raro mérito de estar correctamente escrita”, y pasa a especular sobre que el autor tendría formación farmacéutica o había consultado con un experto. La novela incluso se sugirió como un texto adecuado para estudiantes de química.

The Mysterious Affair at Styles fue el inicio de una larga y tremendamente exitosa carrera de Christie en la novela policiaca. El interés de Christie por los medicamentos y venenos continuó, y a menudo consultaba a expertos cuando entraban nuevos medicamentos en el mercado. Sus tramas rara vez implicaban armas, dado que admitía abiertamente que no sabía nada sobre balística. Las pistas químicas, sin embargo, son abundantes, y se puede encontrar un fantástico ejemplo en su novela de 1937 Dumb Witness (El testigo mudo).

No tan tonto*

Emily Arundell, una rica solterona con algunos avariciosos parientes, fallece tras tomar parte en una sesión espiritista. Se vio salir un extraño halo de luz brillante de su boca. ¿Es un aura? ¿Un ectoplasma? ¿Una premonición de su muerte? ¿O la quimioluminiscencia del fósforo blanco que ha ingerido?

El fósforo blanco es muy reactivo, con una afinidad particularmente fuerte por el oxígeno. Cuando se expone al aire, reaccionará con el oxígeno produciendo un fantasmal brillo verde. Si se encuentra presente la más mínima fuente de ignición, sin embargo, el fósforo arderá vigorosamente produciendo un intenso calor y gruesas nubes de humo blanco. De aquí que el fósforo blanco se use en las balas trazadoras, cortinas de humo y bombas incendiarias en las contiendas. El contacto con la piel puede provocar serios daños debido a la naturaleza reactiva del fósforo blanco. Además, inhalar vapores de fósforo blanco durante un largo periodo puede llevar a una gran angustia, deformaciones y, a veces, a una condición letal de fosfonecrosis – gangrena en la mandíbula – que apareció por primera vez en los trabajadores que fabricaban cerillas  en el siglo XIX. Por abreviar, hay muchas formas en las que el fósforo blanco puede dañarte.

Es el efecto tóxico del fósforo blanco lo que trata Christie en Dumb Witness. Desde el punto de vista de un asesino, la ingesta es el método más fiable para provocar la muerte, y el menos probable de detectarse. Una ingesta de apenas 100 miligramos de fósforo blanco puede matar a un adulto, y los síntomas serían similares a los de la muerte natural, tales como una úlcera perforada. Habría vómitos, sangrado abundante procedente de la corrosión de los tejidos, y un intenso dolor abdominal. La diferencia clave con una enfermedad natural es que el vómito olerá a humo, dado que el fósforo blanco reaccionará con el aire, y habrá un desagradable olor, a menudo descrito como “a ajo” por aquellos no acostumbrados a oler compuestos basados en el fósforo. Los síntomas iniciales pueden disminuir y la víctima pensar que se está recuperando, pero si se ha absorbido suficiente fósforo, empeorará. Tras un breve periodo los síntomas vuelven, pero agravados y acompañados de una sed atroz. La muerte se da aproximadamente a los tres días tras la ingesta.

El fósforo es lipófilo (soluble en grasas) y cruza fácilmente la doble capa de lípidos de la membrana celular en el tracto gastrointestinal para entrar en el torrente sanguíneo, especialmente si está acompañado por una comida grasa. Se acumulará en el hígado, donde provoca el daño real. Aunque no se ha descubierto el mecanismo exacto, se cree que el fósforo daña las células a través de un proceso de radicales libres. Una vez que el hígado está dañado más allá de la posible reparación, el resto del cuerpo queda expuesto a las toxinas, normalmente eliminadas por este órgano. La muerte por fallo hepático llega en pocos días.

Post-mortem, el daño realizado al hígado por el fósforo tendrían un aspecto similar al provocado por una enfermedad hepática o por el alcohol. Pero los patólogos pueden buscar otros signos reveladores. El distintivo olor de los compuestos de fósforo podría detectarse en los órganos internos, particularmente en el abdomen. Si se ha ingerido un gran cantidad de fósforo, entonces el resplandor característico puede ser visible en el tracto grastrointestinal si el patólogo apaga las luces. Además, el fósforo puede aislarse fácilmente de los tejidos humanos calentando los restos licuados en una bañera con agua. El volátil gas de fósforo se condensa en el aparato y puede verse su brillo en la oscuridad.

Emily, la víctima en Dumb Witness, padecía una enfermedad hepática, un hecho que aprovechó el asesino. Emily tomó sus cápsulas para el hígado después de la cena y el asesino añadió el fósforo a una de ellas suponiendo que cualquier daño al hígado se atribuiría a su enfermedad existente. Pero el brillo vaporoso observado surgiendo de su boca durante la sesión de espiritismo dio a Poirot la pista que necesitaba. Poirot describe el fenómeno de la fosforescencia, no quimioluminiscencia –un ligero pero comprensible error dado que cuando se escribió la novela no se había determinado el mecanismo por el cual brillaba el fósforo. En el resto de aspectos, Christie es tan precisa como siempre. Incluso describe amablemente cómo el envenenador pudo obtener el fósforo a partir de veneno para ratas o cabezas de cerillas.

El manual del envenenador

Cualquiera que piense copiar los métodos de Christie debería saber que obtener los compuestos letales que describe es mucho más difícil actualmente de lo que era en su época. Incluso aquellos con acceso a los compuestos letales en el laboratorio deberían pensar cuidadosamente qué uso les dan. Los sofisticados métodos de detección y unos entregados toxicólogos implican que es improbable escapar tras el envenenamiento de tu víctima.

Existen muchos otros ejemplos del conocimiento sobre química de Christie, demasiados como para detallarlos aquí. Se usa papel de tornasol para camuflarlo entre las flores del papel de la pared de una enfermería para que cambien de rojo a azul, usando las propias sales de amoniaco para inhalar del paciente  (The Blue Geranium, El geranio azul) y la síntesis de apomorfina se describe en Sad Cypress (Un triste ciprés). Incluso se destila ácido fórmico a partir de hormigas en The Lemesurier Inheritance (La herencia de los Lemesurier).

Existen muchas razones para amar el trabajo de Agatha Christie, pero leer sus historias desde una perspectiva química me ha dado toda una nueva perspectiva de su creatividad, astutos argumentos, y atención al detalle. Disfruta sus libros, busca las pistas químicas – pero no esperes que eso te facilite resolver quién es el asesino.

*: El término original en inglés, “dumb” hace referencia a mudo durante principios de siglo XX, y también a tonto. Actualmente se ha mantenido el término peyorativo tonto, perdiéndose el significado de mudo, pero valga el juego de palabras entre el título de la obra, y una referencia a la inteligencia del asesino.

“Esta entrada participa en la LIV edición del Carnaval de Química, Edición Xenón, alojada en el blog SiempreConCiencia de @MartaI_Soria”.

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