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Artículo publicado por Ben Thomas el 3 de noviembre de 2015 en Discovery Magazine

En 1907, un médico de Massachusetts llamado Duncan MacDougall realizó una inusual serie de experimentos. Intrigado por la idea de que el alma humana tuviese masa y, por tanto, pudiese pesarse, el Dr. MacDougall preparó una cama equipada con un sensible conjunto de balanzas, y convenció a un grupo de pacientes con enfermedades terminales para que se tumbasen en ella en los últimos momentos de sus vidas.

MacDougall prestó mucha atención a los detalles; no sólo registró el momento exacto de la muerte de cada paciente, sino también el tiempo total que pasó en la cama, así como cualquier cambio en el peso que hubiese ocurrido alrededor del momento de la muerte. Incluso tuvo en cuenta en sus cálculos las pérdidas debidas a los fluidos corporales, como orina, sudor, y gases como el oxígeno y el nitrógeno. Su conclusión era que el alma humana pesaba tres cuartos de onza, o 21 gramos.

The Grave por Robert Blair (1808)

The Grave por Robert Blair (1808) Crédito: Wikimedia Commons

Es difícil imaginar que estos experimentos tuviesen una atención seria por parte de la comunidad científica en la actualidad. Pero las líneas de pensamiento que llevaron al mismo – y las reacciones que generaron – siguen con nosotros a día de hoy.

Un año bajo los focos

Los resultados del estudio de MacDougall aparecieron en el The New York Times en marzo de 1907. El artículo desató un debate entre MacDougall y el médico Augustus P. Clarke, quien “aprovechó al máximo” las técnicas de medida de MacDougall.

Clarke señaló que en el momento de la muerte, los pulmones dejan de enfriar la sangre, lo que provoca que la temperatura corporal aumente ligeramente, lo que hace que la piel sude, teniendo en cuenta de este modo los 21 gramos perdidos de MacDougall. MacDougall replicó en el siguiente número, defendiendo que la circulación cesa en el momento de la muerte, por lo que la piel no se calentaría debido al aumento de temperatura. El debate continuó hasta el final de 1907, captando apoyos para ambos lados durante el mismo.

Hubo un periodo de calma para MacDougall que duró cuatro años pero, en 1911, adornó la portada del The New York Times con el anuncio de que subía la apuesta. Esta vez no iba a pesar el alma humana, iba a fotografiarla en el momento que abandonase el cuerpo.

El peso del alma

El peso del alma Crédito: The New York Times

Aunque expresó su preocupación sobre que “la sustancia del alma podría moverse [demasiado]” como para fotografiarla en el momento de la muerte, logró realizar una docena de experimentos en los que fotografió “una luz que recuerda al éter interestelar” en el interior o alrededor del cráneo de los pacientes en el momento en que fallecieron.

El propio MacDougall pasó al éter interestelar en 1920, dejando tras de sí un pequeño grupo de ardientes defensores, junto con un grupo mayor de médicos que no podían creer que esta farsa hubiese llegado tan lejos. El público tomó posición por un bando o por otro y, finalmente, la discusión se calmó.

Excepto que, en realidad, nunca lo hizo – al menos no del todo.

Un legado de rareza

Las referencias a los experimentos de MacDougall siguen apareciendo en la cultura popular cada pocos años, desde la época victoriana hasta la actualidad. La idea de que el alma pesa 21 gramos ha aparecido en novelas, canciones, y películas — incluso es el título de una de ellas. Dan Brown describió los experimentos de MacDougall con cierto detalle en su relato de aventuras The Lost Symbol (El Símbolo Perdido).

Si mencionas los experimentos del pesaje del alma a una persona del campo de la parapsicología tendrás un murmullo de aprobación; después de todo, la idea de una demostración científica del alma ofrece comodidad de la misma forma que las lecturas del tarot y las líneas telefónicas espiritualistas. Incluso entre el público más escéptico, es un tema que aparece de vez en cuando en los debates: “¿No hubo una vez un tipo que trató de pesar el alma…?”

Los resultados reales de los experimentos, y su incapacidad para lograr su aceptación como canon científico, son totalmente irrelevantes. La ciencia ha tomado un camino, y la cultura popular otro. La neuroimagen funcional ha asociado cada función concebible en algún momento asociada con el alma a regiones y estructuras encefálicas. La física ha cartografiado las uniones entre las partículas subatómicas tan concienzudamente que, simplemente, no ha dejado espacial para fuerzas espirituales.

Y aun así…

La idea de pesar el alma permanece entre nosotros. Es romántica. Es cercana. Nos habla de algunos de nuestros miedos y deseos más profundos, los cuales captaron a los lectores de MacDougall allá por 1907, y aún hoy nos siguen cautivando.

Un tipo diferente de misterio

Comprender por qué MacDougall quería pesar el alma — y por qué pensó que podría hacerlo — nos ayuda a entender el entorno en el que se movía. Su trabajo está plagado de términos e ideas reconocibles de los primeros psicólogos teóricos Freud y Jung. Se habla mucho sobre “funciones psíquicas” y “principios de animación” — un intento de lenguaje científico preciso para describir la consciencia, y la propia vida, en un mundo que aún no conocía las imágenes por resonancia magnética ni el ADN.

Actualmente seguimos siendo profundamente ignorantes, como cualquier científico honesto te dirá. Ciertos comportamientos de las partículas cuánticas aún desconciertan a las mentes más brillantes; y aún nos queda un largo camino para comprender exactamente cómo hace nuestro encéfalo la mayor parte de las tareas que realiza. Seguimos buscando la materia oscura que constituye más del 80 por ciento de la masa del universo, pero no hemos visto realmente un átomo de la misma, ni sabemos con exactitud qué es.

Y en todos estos oscuros rincones, aún encontramos a gente que busca el alma. Algunos afirman que finalmente la descubriremos entre las partículas cuánticas. Otros insisten en que está relacionada con las ondas electromagnéticas que genera nuestro cerebro. La mayor parte de los científicos rechazan estas afirmaciones, pero estos investigadores y teóricos no aflojan, negándose a rendirse bajo la esperanza de que un día alguien será capaz de pesar, medir, y cuantificar el más allá.

El trabajo de MacDougall resonó, y continúa resonando, no por lo que encontró (o no pudo encontrar) sino por lo que sugirió. La simple idea tras los experimentos era atractiva, y para los muchos que siguieron el debate en el The New York Times, sólo la idea era suficiente para hacer que el trabajo de MacDougall mereciera la pena debatirlo.

Pero en 1907, como en la actualidad, el universo real, comprobable, verificable, continúa demostrando ser mucho más extraño de lo que cualquier parapsicólogo puede siquiera soñar. ¿Cómo es posible que los fotones sean tanto partículas como ondas y, de algún modo, ninguna de las dos cosas? ¿Cómo puede haber tantos planetas en nuestra galaxia, y sólo unos pocos que puedan albergar vida – creemos – tal como la conocemos? El universo está lleno de misterios reales sin resolver, cuyas respuestas reales están por ahí, en algún sitio.

No necesitamos las almas de los muertos para realizar una serie de espeluznantes experimentos. El universo físico y medible es un misterio más que suficiente.

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