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Artículo publicado por Michael Shermer el 18 de agosto de 2015 en Scientific American

Traducción realizada por Dina Ródenas

¿Cómo son de fiables las pruebas de ADN y otras realizadas en la escena del crimen?

El sistema de justicia penal tiene un problema, y su nombre es medicina forense. Ése fue el mensaje que escuché en el Taller sobre Investigación y Evaluación Forense que tuvo lugar durante el 26 y 27 de mayo en la sede de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), en Washington, D.C. Yo hablé de pseudociencia, pero entonces escuché con asombro cómo los muchos campos de las ciencias forenses que yo había asumido que eran fiables (ADN, huellas dactilares, y muchos otros) de hecho, emplean técnicas no fiables, o no probadas, y muestran inconsistencias entre los que evalúan las pruebas.

Forensic analysis of firing pin indentation from Glock G30 on .45 cal bullet casing 50x magnification

Análisis forense de una bala

La conferencia se organizó en respuesta a una publicación del 2009 del Consejo Nacional de Investigación, titulada Fortalecimiento de la Ciencia Forense en los Estados Unidos: Un camino a seguir, que encargó el Congreso de los Estados Unidos cuando se hizo evidente que el ADN era la única ciencia forense más o menos fiable. El informe concluyó que “el sistema de ciencia forense, tanto en investigación como en la práctica, tiene serios problemas que sólo pueden afrontarse por parte de un comité nacional, para reformar la actual estructura que sustenta la comunidad forense en este país”.

Entre las áreas que se han señalado como aquellas con más errores y mayor necesidad de una investigación más profunda están: precisión y tasa de error en los análisis forenses, fuentes de sesgo potencial y errores humanos en la interpretación por parte de expertos forenses, huellas dactilares, análisis de armas de fuego, marcas de herramientas, marcas de mordiscos, impresiones (neumáticos, pisadas), análisis de patrones de manchas de sangre, escritura manual, cabello, recubrimientos (por ejemplo, pintura), productos químicos (incluidas drogas), materiales (incluidas fibras), fluidos, serología, y análisis de incendios y explosivos.

Hablemos del análisis de incendios. De acuerdo con John J. Lentini, autor del libro Protocolos Científicos para Investigación de Incendios (CRC Press, segunda edición, 2012), este campo está lleno de ciencia basura. “¿Qué significa ese patrón de marcas de quemaduras que hay allí?, preguntó  a un joven investigador que le acompañaba en una de sus más de 2000 investigaciones sobre incendios. “Absolutamente nada” es la respuesta correcta. En la mayor parte de los casos, los investigadores de incendios encontraron patrones inexistentes, explica Lentini, o pensaron que una determinada marca quería decir que el fuego se desarrolló “rápida” o “lentamente”, indicado en teoría por el cuarteado de la madera: pequeñas ampollas planas indican que el fuego fue lento; grandes ampollas brillantes indican que fue rápido. Tonterías, dijo. Un incendio puede tardar en progresar, pero una vez que un sofá o una cama arden, y alcanzan una cierta temperatura, no vas a ser capaz de discernir demasiado sobre la causa que lo originó.

Lentini desmiente el mito de la ventana agrietada, cuyos fragmentos indican un calentamiento rápido, supuestamente causado por una sustancia acelerante (en los incendios provocados). De hecho, las grietas están provocadas por un enfriamiento rápido, como cuando los bomberos pulverizan agua sobre un edificio en llamas que tiene ventanas. También apunta que las marcas de fuego en el suelo no son el resultado de verter un líquido deliberadamente sobre él. Cuando un incendio consume una habitación entera, el calor extremo lo quema todo, incluso el suelo y esto, unido a la fusión de algunos metales, deja marcas de quemaduras bajo los umbrales de las puertas, lo cual hace que algunos investigadores asuman que se han usado acelerantes. “La mayor parte de la ‘ciencia’ del análisis de incendios y explosivos se ha llevado a cabo por compañías aseguradoras, buscando encontrar evidencias de incendio provocado para así no tener que pagar las pólizas”. Eso fue lo que me contó Lentini cuando le pregunté por qué su campo está tan lleno de pseudociencia.

Itiel Dror, del  Instituto Jill Dando en el Centro de Ciencias Forenses del University College, en Londres, habló sobre su investigación en “ciencia forense cognitiva” – cómo el sesgo cognitivo afecta a los científicos forenses. Por ejemplo, la capacidad retrospectiva puede llevar a trabajar de forma inversa, es decir, desde el sospechoso a la prueba y, debido a esto, el propio convencimiento puede acabar dirigiendo al investigador a buscar otras pruebas que confirmen la implicación del sospechoso, aunque éstas no existan.

Dror analizó estudios que muestran que “el mismo experto, evaluando las mismas huellas, pero en diferentes contextos, puede llegar a conclusiones completamente contradictorias”. Y esto no sucede solamente con las huellas dactilares. Incluso el análisis de ADN es subjetivo. Dror y su coautor escribieron un artículo en 2011 en la revista Science and Justice que concluía que: “cuando se consultó a 17 expertos norteamericanos en examen de ADN por su interpretación de una serie de datos sobre un caso criminal de su jurisdicción, emitieron interpretaciones inconsistentes”.

Nadie sabe cuantas personas inocentes pueden haber sido condenadas basándose en ciencia forense, pero el informe del Consejo Nacional de Investigación recomienda un aumento sustancial de la financiación para conseguir que los laboratorios realicen experimentos para mejorar la validez y fiabilidad de los muchos subcampos forenses. Este informe, junto con la Comisión Nacional de Ciencia Forense, que se fundó en 2013, al menos es un comienzo.

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